La casa del árbol en Baños, ecuador

Ayer hizo un año desde que cerré mi oficina No sólo ideas en Madrid. Recuerdo que mientras quitaba los muebles, la planta moribunda, los cartelitos de motivación en la pared, la mesa gigante, pensaba: ¿No es un poco barbaridad dejar una cosa que funciona y está creciendo para jugar a ser un viajero?

Un día como hoy, el uno de julio de 2015, un día después de cerrar la oficina, me subí a un coche de blablacar para vivir mi sueño de vivir en Granada. Viví muchas cosas, pero no se me olvidan los desayunos en la terraza de mi casa o en la casa de Livio justo frente a la Alhambra y pensando que todo iba a salir bien.

El uno de agosto puse rumbo a Capileira, un pueblecito en las Alpujarras. Allí viví muchas aventuras, pero recuerdo ese día contemplando el atardecer en el valle, ese color del cielo anaranjado, el sabor de queso y el sabor del vino y la compañía de Zita mientras pensaba que todo iba a salir bien.

El cinco de agosto me dejé caer en una playa olvidada en Formentera. Viví muchísimas experiencias, pero no se me olvida cuando Gonzalo vino a recogerme a la orilla con una barquita hinchable y una gran sonrisa, riéndose con el capitán del catamarán en el que íbamos a pasar los siguientes cuatro días. Mientras los dedillos de mis pies tocaban el agua salada y se escondían en la arena, y mientras veía sus sonrisas acercándose a mí, pensaba que todo iba a salir bien.

El 11 de Agosto me ajusté el cinturón en el asiento de un avión que apuntaba hacia Buenos Aires. Quizás no puedas creerme, pero justo cuando estaba pensando “Dios qué pequeño es esto, cómo voy a estar aquí encajonado durante 12 horas”, una chica se acercó a mí y me dijo: “¿Te importaría cambiarme el asiento por uno en primera clase?, así puedo sentarme junto a mi novio”, ahí empecé a pensar que las cosas estaban saliendo bien, porque era el tío con más suerte del avión.

Viví en Buenos Aires durante 4 meses junto al teatro colón. Allí viví muchas cosas increíbles, pero no se me olvida ese primer día en aquella milonga escuchando a la Misteriosa Buenos Aires y admirando a decenas de personas bailando tango, conteniendo mi emoción, y pensando que todo iba a salir bien. O cuando Gabo me enseñó que se podía hablar con una gran sonrisa en la cara viendo el mundo de manera diferente y, haciéndome pensar, que todo tenía que salir bien.

El uno de diciembre me subí en un autobús para atravesar Argentina. Me sentaba en la parte de delante del segundo piso, justo frente a los enormes cristales, los pies extendidos frente a mí, toda la pampa Argentina reproduciéndose en mis ojos durante incontables horas y un pensamiento en mi cabeza que decía: todo va a salir bien.

Viví un mes en Mendoza, la tierra de los vinos, la buena carne, y las mejores montañas. Allí viví muchos momentos inolvidables, pero lo que más recuerdo es aquella vez que Caro me invitó a pasar la navidad con sus abuelos, hermanos, y mamá, o cuando Lu me invitó a su gigante casa a pasar la nochebuena con su increíble familia y amigos, juegos en la piscina e historias en el césped, o la nochevieja que mis compañeros de casa nos invitaron a Laura y a mí a su enorme casa de campo y entre vino y vino, entre cerveza y cerveza, y entre parrillada y parrillada, pensaba que todo iba a salir bien.

El cuatro de Enero dije adiós con la mano a Santi desde el autobús, tras un desayuno y una buena conversación en el restaurante más alto de la ciudad. Dejé Mendoza para atravesar los Andes y decir hola a Santiago de Chile. Ahí viví casi dos meses y viví muchas cosas, pero la que más recuerdo es aquella vez que me fui caminando durante muchas horas hasta la punta del cerro de San Cristobal y mientras respiraba profundamente y me quedaba pequeño mirando el cielo rojo atravesando Chile de Cordillera a cordillera, pensaba que todo iba a salir bien.

A finales de febrero entré en Bolivia en un cuatro por cuatro después de atravesar durante tres días el enorme desierto de Silori y tras haber dormido bajo el cielo más estrellado de la tierra. En Bolivia viví muchas cosas maravillosas, pero la que más recuerdo es aquella vez en ese mercado de Sucre, donde una enorme mujer con una enorme sonrisa me recargaba otra vez un zumo de mil frutas a menos de 50 céntimos y yo pensaba que todo iba a salir bien.

En Perú viví tres meses, conocí muchas personas, estuve en muchos sitios, viví incontables experiencias, pero la que no puedo olvidar es aquella vez navegando por el amazonas en un pequeño barquito que me llevaba a la Isla de los Monos. El “capitán” del barco se las apañaba manejando el ruidoso motor que nos hacía avanzar muy lentamente entre troncos, plantas y de vez en cuando algún delfín rosado a lo lejos. Yo me tumbé en la proa, las manos extendidas acariciando el agua, mi mirada enfocando las orillas del río tratando de descubrir aquellos pájaros que emitían esos cánticos que más parecían ruidos sin fin. Recuerdo que cerré los ojos, me concentré en lo que estaba pasando y pensé que todo iba a salir bien. O el día que decidí coger mi tienda de campaña de 5 euros made in China y subir la duna más alta de Huacachina durante la noche, buscar un sitio en la arena donde dormir, y quedarme mirando en silencio las estrellas asomando la cabeza a través de la maltrecha puertecita, arropándome con las dos únicas mantitas que tenía por abrigo al tiempo que pensaba que todo iba a salir bien.

Llevo en Ecuador casi un mes donde no he parado de sorprenderme ni un minuto. He vivido muchas cosas, pero la que creo que nunca voy a olvidar es ese día en Vilcabamba galopando un caballo por primera vez en mi vida, agarrado con todo lo que podía a la silla de montar y deseando que el caballo no hiciera nada raro. Me vi a mí mismo con menos miedo, algo parecido quizás a más maduro, creo que disfruté, respirando profundamente mientras ponía toda mi energía en mantenerme erguido, sintiendo la carrera del caballo, la fuerza del río a nuestro lado, los pájaros jugando a echarnos carreras.

O ese día en el que Butch, mi gigante amigo australiano empezó a moverse como un orangután frente al puestecito de hamburguesas de aquella colombiana en la frontera selvática con Perú, a hacer ruidos de orangután, a oler, empujar y golpearse el pecho como un orangután, haciéndonos reír a carcajadas a todos los que estábamos ahí y haciéndome pensar que era imposible que las cosas no salieran bien. O el día que Giulio, Anuk y yo aullamos sin parar hasta conseguir que un perro nos imitara y aullara con nosotros. Esto seguro hizo que los tres pensásemos que las cosas iban a salir bien. O el día de mi primer autostop, esperando bajo la lluvia junto al volcán Quilotoa, les pedí sólo 15 minutos de trayecto que se convirtieron en más de dos horas, en una gran conversación y en una invitación a un restaurante a Quito. Siempre me había dado vergüenza hacer autostop, pero en el camino aprendí que no tenía absolutamente ningún sentido.

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Hoy casi puedo asegurar que no tengo miedo, aquel día en mi oficina, hace un año y un día, recogiendo las cosas con una mezcla de sufrimiento y placer, fue supongo simplemente parte del proceso de descubrir. Quizás a veces sólo tenemos miedo a hacer las cosas para que tengamos la sensación de que la recompensa es aún más grande cuando por fin nos atrevemos a dar el paso.

La historia de nuestra vida siempre se comprende mejor cuando miramos hacia atrás y vemos el camino andado, pero es cuando miramos hacia adelante y tenemos miedo cuando más vivos y emocionados nos sentimos.

Ya he dejado de pensar en si las cosas van o no van a salir bien.

Lo que sí me pregunto es si HOY están saliendo bien, si HOY estoy feliz, si hoy estoy haciendo lo que creo que me hace sentir mejor, que me acerca más a lo que soy, a lo que quiero ser, a lo que siempre he soñado con ser.