“Depende de ti que sea tumba o tesoro. Amigo, no entres sin anhelos.”

Estás a punto de leer una historia que estoy seguro es diferente. Una historia que narra mi experiencia en un lugar en las profundidades de París. Un lugar con túneles infinitos, cuadros de artistas famosos de muchas partes del mundo pintados directamente sobre la piedra viva, agujeros estrechos de más de cien metros donde nos arrastrábamos sin poder levantar la vista y donde pensabas que podías quedarte atrapado si tuvieras unos pocos kilos de más, caminos anegados de agua helada hasta la cintura, toneladas de huesos y cráneos humanos amontonados unos encima de otros, búnkeres de los nazis de la segunda guerra mundial, borracheras a 30 metros bajo tierra, bailes en la oscuridad, mi encuentro con la completa ausencia de luz y sonido y, sobretodo, con mis miedos.

Cuando descendí a las profundidades de París no sólo lo hizo mi cuerpo, también mi mente bajó varios estados de consciencia hasta encontrarse irremediablemente con un “yo” del que creo que nunca antes había oído hablar.

Para entender bien estas líneas que vienen a continuación es necesario decir que, aun cuando ni siquiera nos habíamos encontrado con el guía que nos iba a acompañar por nuestro particular viaje, yo ya estaba cansado y mi actitud no era la mejor para una aventura. No había dormido bien en varios días y además el día del descenso nos citamos bien entrada la noche Parisina.

El encuentro con el “Cataflics” debía ser a las 22:00 horas junto a una iglesia en alguna zona del sureste de París, junto al metro de Alésia. Le esperamos durante algo más de 30 minutos y, para cuando por fin llegó, ya nos habíamos encontrado con los otros “turistas” (así es como los experimentados guías llaman a los que bajamos a las Catacumbas las primeras veces) que impacientemente esperaban también a ser conducidos por las entrañas del subsuelo de la ciudad. Bajamos un total de nueve personas, pero sólo volvimos ocho. Es broma, aunque me cueste creerlo, afortunadamente salimos todos.
Durante nuestra espera había comenzado a chispear. Una curiosa forma de llover esa que, además de mojarte, parece querer cortarte la cara sirviéndose del viento.

Por fin le conocimos. Muchas búsquedas por internet y varios emails dieron como fruto UN PLAN y el encuentro en una plaza frente a una iglesia, unas caras desconocidas y una tensión creciente. Nos hizo presentarnos a cada uno, y después, repasar las cosas básicas para sobrevivir una larga noche con sus ocho largas horas, recorriendo túneles de cientos de años de antigüedad, (algunos con el agua hasta la cintura, pero eso aún no lo sabíamos).

Sus reglas eran básicas: Linterna de cabeza y pilas de recambio, ropas que queráis tirar, mucha bebida y comida suficiente, no llevéis botas de agua. Él, en vez de comida y agua, encontró más oportuno llevarse una cantidad absurda de alcohol, o de alcoholes, debería decir.

“Seguidme, SIEMPRE. Somos un equipo, si alguien está cansado, paramos, si alguien necesita ayuda, la pide, si alguien se pierde, que no se mueva del sitio. Si viniese la policía de las catacumbas yo podría correr sin parar y nunca podrían cogerme, no en mi casa, no obstante, hagamos lo que hagamos lo haremos siempre juntos.”

Empezamos a caminar hasta las afueras de ese barrio hasta llegar a un puente. Debajo de él ya no pasaba ningún tren, pero los raíles seguían perdiéndose en un horizonte de piedras hasta los adentros de la boca de un oscuro túnel. Para bajar a las vías hubimos que saltar una valla de piedra humedecida por la lluvia, de unos dos metros de altura, sortear unos pinchos y descolgarnos hasta las escaleras de piedra que llevaban directamente a los raíles. Después de ese salto de valla donde un resbalón me habría dejado fuera de juego, podría decir que no habíamos siquiera empezado y yo ya estaba inquieto y pensando en volverme en taxi hasta mi cama del hostal, en Montmartre.

A nuestro guía le encantaba situarnos mentalmente en todo momento, para él era como un juego y nosotros estábamos en su tablero. “Nuestra entrada está ahí dentro — dijo mientras señalaba la entrada del túnel, un gran agujero negro a unos 500 metros de distancia —, caminaremos por las vías durante treinta minutos, luego, os enseñaré la entrada”.

Durante ese trayecto caminando entre piedras tuve la oportunidad de presentarme a los demás, hacer algunas preguntas llenas de curiosidad y sentir cómo había algo en mi estómago que trataba de comunicarse conmigo. Si sabes escuchar, la ansiedad y el miedo se reconocen claramente cuando se manifiestan en tu cuerpo.

Una vez dentro del túnel encendimos las linternas por primera vez, ya que hasta entonces podíamos intuir el camino y, además, todos pensamos que sería buena idea racionar las pilas.

Anduvimos durante varios minutos más hasta que, de repente, el guía gritó: ¡¡ATTENTION, DROIT !!, nos paramos todos en seco y le seguimos con la mirada curiosos (y con las luces de las linternas de nuestra cabeza que seguían nuestros ojos allá donde ellos fueran). Se acercó a una de las paredes del túnel y señaló un pequeño agujero de no más de 40 cm. Esa es nuestra entrada a las Catacumbas, ¿quién quiere ser el primero ? El guía siempre hablaba una mezcla de francés, español-mexicano e inglés. Mientras veía como uno tras otro de los turistas iban entrando yo notaba cómo mi corazón se aceleraba más y más. Poco a poco se deslizaban por el suelo medio embarrado y eran engullidos por el agujero que, a través de una pequeña pendiente y un túnel de unos 2 metros, les llevaba inmediatamente y no sin un poco de esfuerzo a ese otro mundo bajo París. Ese que sólo uno pocos conocen pero sin embargo jóvenes aventureros de media Europa sí han oído hablar, el de las fiestas de un centenar de personas a 30 metros bajo tierra y el de los rituales extraños, antiguas reuniones de skinheads y ataques de pánico.

Por fin llegó mi turno y me zambullí dentro de mis miedos, arrastrándome por dentro del pequeño agujero y sabiendo que en ese mismo instante estaba a punto de vivir una experiencia de las que tardas en olvidar toda una vida.

Lo primero que ves es un pequeño túnel abovedado, perfectamente construido de unos 2 metros y medio de altura y un metro y medio de ancho, suelo de arena arcilloso y en contadas ocasiones suelo empedrado.

Una vez nos encontramos todos dentro y tras una breve explicación, empezamos a explorar, por fin, las catacumbas ilegales o no oficiales de París.

— No os perdáis, tenéis ante vosotros casi 300 km de laberintos y la mayoría de los caminos no llevan a ninguna parte —.

Al principio el suelo estaba seco y sólo de vez en cuando teníamos que sortear algunos tramos con agua, saltando cuidadosamente de piedra en piedra resbaladiza.

— Cuando antes os mojéis y os acostumbréis al agua, mejor, confiad en mí, en unos minutos no vais a poder esquivar el agua —, fue casi decirlo y ver cómo poco a poco el agua se iba adueñando de nuestro camino, así que respiré profundo una vez y metí los dos pies en el agua helada. Sólo el mero hecho de pensar en pasar las siguientes 8 horas con las zapatillas y pies mojados, caminando y chapoteando por kilómetros de túneles siguiendo a un desconocido, me causaba una cierta inquietud. Pero, por si no lo he dicho aún, ese que compré era un ticket de sólo ida, ya que en el momento que entrabas en las catacumbas y andabas unos segundos ya era imposible salir, pues te encontrabas absolutamente perdido y no te quedaba más remedio que seguir al guía hasta dónde él te quisiera llevar.

Cuando pienso en la escena siento que la estoy reviviendo en mi mente de una manera sumamente nítida, como si viera proyectada una película que ya he visto cientos de veces. Nueve personas caminando a paso rápido en un largo, angosto, húmedo, silencioso y oscuro túnel. Todas las paredes se iluminan con el pasar de nuestras miradas que analizan y exploran cada hueco y cada recoveco, cada piedra que parece diferente o cada inscripción en la pared. El suelo está cubierto por cada vez más agua, 10-20-30 cm de helada y estancada agua, filtrada supongo a través de esas alcantarillas que nos miran inmóviles de vez en cuando al final de un inquietante túnel vertical. Nuestras pisadas son fuertes y seguras para evitar resbalones, con lo que desplazamos una gran cantidad de agua al pasar mientras se escapan ruidos sordos.

Todos en fila, uno tras otro sorteando los obstáculos, los agujeros, y nuestros propios miedos. De repente, cuando el momento parece que no podía ser más épico, el guía saca de su mochila un mp3 y unos potentes altavoces empiezan a retumbar una música electrónica como si de un videojuego se tratara. Creo que no me equivoco si digo que en ese momento la adrenalina se apodera de nosotros anulando nuestra capacidad de pensar con claridad, dejándonos relegados a autómatas que sólo pueden avanzar y respirar de manera entrecortada. El grito fuerte y continuo de sus instrucciones hacen de la ruta un lugar más seguro (pero espeluznante al mismo tiempo, como contaré a continuación), ya que, cada más o menos 10 segundos, grita: ¡ TOUT DROIT!, ¡DROITE! o ¡ GAUCHE! (¡Todo recto!, ¡derecha!, ¡izquierda!), según considerara necesario al pasar por las continuas y diferentes desviaciones del recorrido en forma de nuevos túneles que se perdían en la oscuridad a cada pocos pasos.

Para hacerse una idea del tamaño de los túneles y de su aparente infinita extensión, hay que decir que una de las personas que nos acompañaban había conseguido un mapa de las catacumbas, un libro grande de no menos de 100 páginas repleto de reseñas y apuntes. Yo intentaba leerlo y me parecía todo ello un sin sentido, pues, si mi visión espacial no es la mejor del mundo sobre la superficie, muchísimo menos lo es dentro de un “tubo” sin ningún tipo de referencia clara.

Como contaba anteriormente, cuando hablo de algo “espeluznante” no es más que una necesidad mía de transmitir la extraña sensación (casi de indefensión) que sentía al estar a merced de una persona en uno de los laberintos más grandes de Europa, ya que literalmente cada muy pocos segundos había un cambio de sentido, un atajo, un agujero por el que meternos o nueva dirección. Cada pocos metros encontrábamos tres túneles más que se perdían cada uno en la oscuridad y siempre me hacía preguntarme qué habría ahí, a dónde llevaría. El guía, el cataflics, tenía toda la información grabada a fuego en su mente y rara vez se equivocó en todas las horas que pasamos ahí abajo, decía que él sería capaz de salir de allí estando borracho y sin luz. Lo de borracho lo pude asegurar unas horas después.

Catacumbas de París y una biblioteca olvidada

Biblioteca Catacumbas
Cuando llevábamos más o menos cuarenta y cinco minutos ahí abajo encontramos nuestra primera parada, una salita horadada en la piedra conocida como “la biblioteca”, donde unos cuantos libros escritos en francés y en inglés y unas velas descansaban sobre repisas a modo de estanterías, también escavadas con pericia. Fue nuestro primer descanso y nuestro primer encuentro con un poco de vestigio humano más allá de las pintadas en las pareces, que, se me ha olvidado decirlo, recorrían TODO el largo, ancho y alto de los túneles, parecía no haber ni un centímetro donde no hubieran dejado una huella de spray en tantos años de visitas. Las catacumbas seguían dándonos sorpresas y el cataflics tenía mucho intereses en desvelarlas poco a poco.

La playa de las catacumbas de París

La-playa-Catacumbas-París
Después de un breve descanso marchamos de nuevo, y tras otro largo recorrido llegamos a uno de los sitios más curiosos de las catacumbas, “La Playa”, una gran sala de más o menos 40 ó 50 metros cuadrados donde el suelo era de fina arena (de ahí su nombre) y donde había bancos de piedra alrededor de toda la estancia para sentarse. Las paredes tenían una gran ola pintada que lo hacía mucho más llamativo aún. La playa de las catacumbas era conocida por ser el lugar donde algunos de los parisinos con más ganas de emociones extrañas hacían sus fiestas descontroladas desde hacía decenas de años, siendo prácticamente uno de los lugares más famosos de sus profundidades.

Fue ahí en la playa donde, casi una hora y media más tarde de entrar por aquel agujero practicado en mitad de un tunel ferroviario, hicimos el primer espectáculo de luces y sonido. El experimento fue sencillo, tras apagar las luces y quedarnos en silencio, lo que vino a continuación fue quizás una de las experiencias más sorprendentes de mis últimos años. La completa oscuridad, la más absoluta y completa oscuridad, así como el mayor de todos los silencios, nos rodeó.

100 % oscuridad 100 % silencio, me gusta decirle a la gente cuando le cuento esa parte de la historia. Al recordar ese momento pienso inevitablemente en Tooru Okada, el protagonista de “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” de Haruki Murakami, el cual decide bajar en numerosas ocasiones al fondo de un pozo para, simplemente, reflexionar. Me llamaba la atención cómo narraba la manera en la que los pensamientos adquirían una forma diferente a la habitual, y cómo los sentidos parecían sobreestimularse.

Después de esa breve experiencia y de recuperar un poco de fuerzas dando unos tragos a las mezclas alcohólicas del guía, nos dirigimos a nuestra siguiente parada.

Al llegar, un cráneo humano en perfecto estado de conservación nos daba la bienvenida de una manera un poco grotesca. Era una sala grande con varios pequeños túneles salientes que se perdían en la oscuridad y el silencio, pero estos túneles tenían la particularidad de llegar todos al mismo punto de partida, con lo que era absolutamente imposible perderse (al menos no durante mucho tiempo) y nos daba pie por primera vez a poder explorar unos túneles “sin miedo” y en solitario.

Había llegado por fin la hora de reponer fuerzas más en serio. Hacerte un bocadillo a quice o veinte metros bajo la superficie, alumbrando tu trabajo con una linterna en la cabeza, me pareció una pequeña y curiosa aventura. Comerte el bocadillo tras dos horas de camino, cansado, alumbrado a medias por las luces de las linternas y por las velas, es simplemente maravilloso. Siempre que hago ejercicio o vivo experiencias especiales y cansadas pienso que, la comida, deja de ser ese elemento que comes todos los días por disfrute u obligación, para convertirse en una de las razones de tu existencia, en la energía que necesitas para seguir adelante, en una especie de regalo que te concedes a ti mismo como premio por haber llegado hasta ahí.

Después del tentempié y de unas cuántas historias del guía, me dispuse a experimentar por primera vez lo que significaba estar en la más absoluta de las oscuridades y de los silencios, así como de las soledades: Me fui a dar un paseo por esos túneles donde afortunadamente era imposible perderse, ya que como he dicho anteriormente todos volvían al final al mismo punto de partida, ese donde los demás estaban contando historias a la luz de las velas, frente a la atenta mirada (bueno, el atento cogote) de la calavera humana.

Anduve varios minutos hasta que llegué a una pequeña salita donde salían dos caminos más, me senté, y apagué la luz.

Me es difícil describir qué siente una persona cuando se le priva de dos de sus sentidos más importantes, la vista y el oído, durante un tiempo prolongado. Podría asegurar que el latido de tu corazón empieza a ser escuchado vivamente, la sangre que circula por tus venas se torna más pesada, tu respiración es muchísimo más profunda, posees menos control de tus extremidades, las distancias se vuelven infinitas, todo se confunde durante un tiempo indeterminado, el tiempo mismo que tardas en acostumbrarte a estar sólo contigo mismo y con tus pensamientos.

Cuando estaba en mi momento cumbre de autoconocimiento vi que una luz se acercaba a mí, era una de las chicas del grupo que había salido también en expedición solitaria. Se sentó a una distancia indeterminada de mí y comenzamos a hablar en inglés. Es bien sabido que, a veces, los extraños tienen precisamente una extraña facilidad de entrar en tu vida, accediendo a sentimientos, emociones y sobretodo a confesiones que pocas personas han conocido.

Después de una larga conversación nos separamos, ella siguió explorando los túneles y yo me volví a quedar conmigo y con mis pensamientos, explorando a mi vez esas regiones del pensamiento que juraría sólo se iluminan en la completa oscuridad.

Al rato me reuní de nuevo con el grupo e iniciamos la marcha, era la una de la madrugada. 

El encuentro más extraño de mi vida

Imagínate: un grupo de nueve personas encabezadas por mí. El guía de vez en cuando nos dejaba por turnos ser primeros de grupo, para, como él decía, experimentar la sensación de ver por primera vez lo desconocido, sumándole más y más puntos a la situación y a la adrenalina mientras él nos lanzaba gritos desde atrás indicándonos con antelación el camino a tomar en cada momento.

Nuestra música, una buenísima música electrónica made in france, nos acompaña retumbando entre las pareces, nuestro ritmo es acelerado y nuestros 18 pies y sus pasos desplazan el agua entre grandes ruidos y, de repente, un sonido a un volumen tremendo, se impone al nuestro. ¿Qué coño es eso? Nos quedamos parados, silenciamos nuestro equipo de música y permanecemos en silencio, viendo cómo se acerca ese estruendoso sonido.

Cada vez está más cerca y al fin vemos una luz acercarse a nosotros, y con ella vemos un chico de unos 20 años con un potente foco sacado de una lámpara antigua de gas. Lleva sombrero y botas de agua que le llegan hasta arriba de la cintura, pero lo más curioso es que lleva colgado del cuello un equipo de sonido que bien podría competir con los altavoces de alguna discoteca. Lleva paso tranquilo, llega a nosotros, nos saluda en francés, y prosigue su marcha perdiéndose tras nosotros en la oscuridad de los pasadizos.

Nunca le volvimos a ver, pero yo aún me pregunto cómo alguien de su edad tenía el valor de adentrarse completamente en solitario en semejante aventura, y pienso que quizás se acompañaba de la potencia de esa luz y ese sonido para sentirse menos solo y para tener menos miedo.

Toneladas de huesos humanos

Mar de huesos - Catacumbas París
Uno de los momentos más “especiales” de la noche fue cuando nuestro guía nos dio el alto en el camino y nos dijo que esperaba que no tuviéramos claustrofobia. Nos encontrábamos frente a un pequeño agujero de quizás medio metro de ancho y alto, el cuál estaba además a un metro y medio de altura, haciendo la jugada más interesante.

Frente a nosotros nos esperaba uno de los túneles más estrechos y largos de las catacumbas, más de cien metros que nos conectaban con una de las habitaciones más famosas, la habitación de los miles de huesos y calaveras humanas.
Me tragué mi miedo y mi cansancio y empezamos a arrastrarnos uno tras otro por ese largo agujero, las rodillas golpeándose a cada paso con cualquier arista del terreno, y la cabeza tratando una y otra vez de aboyar el techo, obligándonos a cada rato a ahogar una suerte de gritos conteniendo el dolor.

Al llegar al otro extremo comprobamos que también se encontraba a una altura considerable, con lo que tuvimos que hacer contorsiones para poder bajar al suelo, a riesgo siempre de hacernos un esguince o rompernos algo y dando la noche básicamente por jodida.

Por fin llegamos al otro extremo, 130 metros arrastrándonos por la roca oradada bajo los suelos de París, sigilosamente ajenos a lo que sucedía en la superficie.

El premio a tal hazaña fue, como casi todo aquella noche, especial. Tras arrastrarnos por otro pequeño agujero entramos en una enorme habitación, la cuál estaba cubierta de decenas deHuesos - Catacumbas - París miles de huesos humanos. Era imposible no pisarlos, ya que para entrar tenías que pasar irremediablemente por ellos.

Yo me pensé varios minutos si quería realmente pisar la osamenta de un ser humano que vivió hace algunos cientos de años, profanando una vez más el descanso que quizás nunca tuvieron.

Finalmente y tras verme llevado por la corriente de mis compañeros, pasé por encima de las decenas de femorales, y nos sentamos en mitad de la gran sala.

Ahí es donde el cataflics nos contó la historia:

Las catacumbas las empezaron los romanos con el fin de sacar piedras a la superficie para usarlos en la construcción. Muchos siglos después, cuando los cementerios estaban completamente rebosantes de muertos debidos a las guerras y las diferentes pestes que asolaron Europa, los franceses decidieron usar esos enormes túneles para verter en ellos todos los huesos que vaciaron de los repletos campos santos.

Un rato después de haber llegado, el guía nos tenía reservada una extraña sorpresa, que nos dijo que no era apta para todo el mundo.

Arrastrándonos por uno de los huecos de la sala llegamos a un enorme túnel vertical, donde había amontonados literalmente miles y miles de huesos, en una torre de decenas de metro de altura compuesta por los más diversos huesos del esqueleto humano.

Es, sinceramente, una de esas imágenes que uno preferiría no haber visto jamás, ya que la tengo impregnada e imborrable en mi memoria desde aquel momento.

 

 

El bunker Nazi de la Segunda Guerra Mundial

Bunker-Nazi-catacumbas París
Uno de los momentos más esperados de la noche para mí fue cuando por fin llegamos al bunker Nazi. Había leído sobre él días antes de empezar la aventura y le pedí por favor a nuestro guía que nos llevara ahí.

Lo más increíble de la historia, —decía —, es que durante la Segunda Guerra Mundial los partisanos de París estaban escondidos también en las catacumbas, y los Nazis que se encontraban en su bunker nunca llegaron a imaginar que a sólo unos metros de ellos se encontraba la resistencia.

Nunca sabré si los Partisanos sí sabían de la existencia del bunker Nazi, pero imagino que sí. Si conocían tan bien aquellos recovecos como lo conocía el guía, sabrían seguro la existencia de los alemanes.

Entramos por una de las puertas del bunker, una puerta de más de medio metro de grosor de hierro fundido, que al golpearla con mi mano producía el mismo efecto que al golpear una gran roca, es decir, nada, sólo un sonido sordo.

Como esa zona estaba muy alejada de las más “turísticas”, nunca llegaban allí demasiados visitantes, con lo que aún se podían encontrar vestigios de la Segunda Guerra Mundial.

Una mesa destartalada, cuadros de luces, alguna silla, y mucha imaginación por mi parte que evocaba los momentos cotidianos de los Nazis a 30 metros bajo tierra.

 

La odisea final en las catacumbas

escaleras catacumbas parísDespués de muchas horas y de muchas más experiencias ahí abajo, llegó la hora en que mi cuerpo, y el cuerpo de dos de los chicos del grupo, dijeron basta.

Yo estaba extenuado después de ocho o nueve horas corriendo casi sin parar, arrastrándonos por agujeros, y tratando de hacer avanzar nuestros cuerpos por ríos de agua que nos llegaba por la cintura.

Cuando le pedimos a nuestro guía que nos llevara a una salida pareció no hacerle mucha gracia, ya que al parecer él amaba tanto su “profesión” que no quería nunca parar, y empezó a remolonear y a darnos excusas, tratando de convenceros de que nos quedáramos hasta el final (hasta que a él le apeteciera), alegando que era la única vez de nuestra vida que podríamos vivir semejante aventura.

Yo estaba desanimado, cansado y con frío, así que le insistimos en que por favor nos llevara a la salida.

Accedió y, completamente borracho, nos empezó a guiar a unos pocos a una de las vías de escape de las catacumbas.

Recorrimos lo que a mí me pareció varios kilómetros a un ritmo que me era difícil seguir. Finalmente llegamos a un punto del camino donde nos dijo: Meteos por ese agujero, subid las escaleras y seguid unos cientos de metros, en un punto veréis unas escaleras verticales que acaban en una tapa de alcantarilla, ahí está la salida.

Le dije que por favor nos acompañara y nos dijo que no, ya que no quería dejar mucho tiempo solos a los demás chicos y que además no tenía pérdida.
Los dos chicos y yo nos metimos en el agujero, deseando salir y pensando que sería fácil ya que el guía parecía muy convencido.
Lo primero que vi al otro lado del agujero fue una caída de dos metros y el suelo completamente lleno de cristales rotos, justo donde teníamos que poner los pies.

Esto debe ser una maldita broma, —pensé—, cómo se supone que vamos a bajar ahí.
Cortorsionando mi cuerpo una vez más y con muchísimo cuidado, me deslicé por la pared hasta el suelo, tratando de apoyar los pies en los escasos sitios donde no había cristales.

Después de eso subimos unas largas escaleras y nos encontramos ante un corredor enorme de cientos de metros, donde pendían de vez en cuando escaleras verticales que conectaban con el exterior.

Genial, tengo miedo a las alturas, — volví a pensar —, a ver cómo subo eso sin marearme.

Corríamos los tres un poco ansiosos a través del túnel, pensando que nuestro guía ya se habría ido y que estábamos completamente dejados a nuestra propia suerte.
Finalmente encontramos esas escaleras diferentes al resto y con mi ansia por salir me ofrecí primero, tratando de sólo mirar hacia arriba subí las innumerables escalas hasta llegar a la tapa, para comprobar, una vez arriba, que era absolutamente imposible abrirla.

Esto debe ser otra broma, ¿cómo pelotas se abre esto?, con todas mis fuerzas traté de empujar la pesada tapa de hierro macizo pero no me era posible ni moverla un centímetro.
Bajé de nuevo y con un poco de miedo en los ojos les dije que no se abría, y que tendríamos que buscar al guía.
Desanduvimos el camino y volvimos hasta el agujero con los cristales, el cuál por cierto sería muy difícil de subir debido a la altura y a lo reducido de las dimensiones.

Nos pusimos a gritar su nombre como locos, pensando que jamás nos oiría ya que en los túneles a penas se transmite el sonido. Para nuestra sorpresa nunca se había movido del sitio, parecía que quería gastarnos una broma. Asomó la cabeza por el agujero, bajó de un salto sobre los cristales, y subió las escaleras diciendo “seguidme” en francés.

Como rata por su escondite él se movía rápidamente, casi corriendo, por el túnel. Llegamos de nuevo a la escalera, subió en cuestión de segundos cargando toda su borrachera a las espaldas, y trató de abrir la tapa, sin resultado.

Al bajar nos dijo que la habrían sellado los bomberos para impedir que nadie entrara a las catacumbas y que era algo muy común.

Básicamente me volví un poco loco, y mientras estaba pensando que tendríamos que andar otros cuantos kilómetros para llegar hasta otra salida, él se puso a caminar y en pocos minutos llegamos a otra de las escaleras.

Estas eran aún más altas, y una vez más las subió sin ninguna dificultad.
Poniendo los dos pies en uno de los “peldaños” (barras de metal carcomidas por el óxido) y poniendo su hombro y parte de su espalda contra la tapa, empujó con todas sus fuerzas la tapa, abriéndola ante nuestra sorpresa y desapareciendo en un segundo, como tragado por la superficie.

Asomó la cabeza y nos dijo que nos diéramos mucha prisa ya que podían venir policías en cualquier momento. Una vez más fui el primero en subir, y no sin dificultad conseguí salir por el agujero.

No me lo podía creer, estaba en la acera de una enorme calle de algún distrito de París, a varios kilómetros de distancia de donde empezamos. Eran las siete de la mañana, las pocas personas que pasaban a esa hora por la calle y un barrendero en su camión, nos miraban con cara de sorpresa. Me palpé todo el cuerpo para saber que aún estaba intacto, y respiré más profundamente de lo que nunca jamás en mi vida he respirado. Había pasado más de 9 horas en las catacumbas ilegales de París y podía vivir para contarlo.

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* “Depende de ti que sea tumba o tesoro. Amigo, no entres sin anhelos”,  frase que da la bienvenida a los que visitan las Cuevas del Sésamo de Madrid.