Mi experiencia en Las Islas Ballesta, en Paracas, Perú






Mis dos pies pisan por última vez la madera de la última tabla del final del antiguo muelle, después, un salto me lleva a una potente embarcación que se balancea, mecido por las olas.

Todos se sientan, el guía da unas instrucciones, nos ponemos los salvavidas y enciende los dos enormes motores. Empezamos a movernos, al principio lentamente mientras salimos del puerto, después a la mayor velocidad que nunca he ido en un barco una vez que nos encontramos en mar abierto.

Nuestra proa enfila las Islas Ballesta, una de las mayores reservas de aves del mundo.

La velocidad del barco hace que todos vayamos agarrados, soportando los continuos choques contra el agua después de caer desde lo alto de una ola.

Como puedo me incorporo, le pido permiso a uno de los guías y me siento al lado del capitán, él conduce tranquilo, ajeno a los golpes, nos saludamos. A los pocos minutos y sin pedirle permiso me levanto y me agarro firmemente a lo que puedo, estoy de pie en la punta del bote recibiendo todo el aire de Perú en la cara y en el cuerpo, no puedo creer que a nadie se le haya ocurrido antes, pienso que yo he venido aquí a vivir.

A mi derecha pasan de repente, adelantándonos, seis enormes pelícanos, volando uno al lado del otro.

Toda una vida viéndolos en los documentales o en fotografías, para descubrir, en ese preciso momento, que en su vuelo juegan con las olas del mar, subiendo y bajando continuamente en función de los vaivenes de las olas y siempre intentando ir lo más cerca posible del agua.

Durante unos segundos que me parecen toda una vida, competimos, ellos y yo, por quién llega primero al horizonte, vuelan pegados al barco, todos en formación, todos con la mirada fija al frente, con su gran pico y su gran papada, agitando las alas sin prisa, disfrutando, no sé si nos miran, no sé si les importamos.

Siento unas increíbles ganas de llorar, no sé si es el aire que apenas me deja respirar, la emoción, la euforia, o todo junto, pero al menos dos lágrimas saltan de mi ojos para secarse inmediatamente al viento, dejando una mezcla de agua salada en mi cara y unos ojos aguados. Los pelícanos finalmente ganan la inexistente carrera, me adelantan y siguen su vuelo, van a toda velocidad y ahora les miro desde atrás, sus patitas extendidas, su esfuerzo, sus largas alas, la elegancia de una cigüeña y la velocidad de un halcón, su desmesurada belleza.

Llegamos a las islas donde cientos de lobos marinos juegan con sus crías, pingüinos nos miran graciosos subidos en las rocas, cientos de miles de pájaros de diferentes especies hablan en su idioma, nos sobrevuelan, pescan, parecen reír. Los lobos nos reciben con miles de gritos, amplificados por las cueva en media luna donde se encuentran. Son los gritos más esperanzadores que he escuchado nunca, un espectáculo auditivo inigualable, la mayoría de los que estamos ahí quedamos irremediablemente sobrecogidos, más pequeños dentro de nuestros salvavidas.



Las playas tienen piedras redondas en vez de arena, y cada vez que una ola se marcha de la orilla, miles de cantos la quieren acompañar, produciendo un sonido hipnótico chocando unas con otras, deslizándose como pueden, una música mucho más hipnótica si cabe que el simple paso del agua por la arena de una playa cualquiera.

Pasados unos minutos llegamos a otra orilla y mis ojos no pueden separarse de unos pájaros blancos con un plumaje parecido a un plumero quitapolvo, parecen gaviotas, pero cien veces más bonitas, y descubro que también más coquetas. Las miro jugar en un divertido e inacabable rito, donde bajan a la orilla cada vez que el mar se va, picando aquí y allá buscando quizás algún pececillo y, cuando el mar viene de nuevo, se arremangan su vestido y corren dalto saltitos huyendo del agua, demasiado fría para sus delicadas patitas. Me recuerdan a niños y no tan niños madrileños en una playa de Asturias o Cantabria, acercándose y alejándose una y otra vez en función del vaivén de la marea, nunca acostumbrados a su temperatura.

Me da por pensar en ese momento que la vida tiene que ser algo más de estar entre cuatro paredes haciendo algo frente a una pantalla que te seca los ojos, y juego con la idea de que quizás, la vida, debe ser algo más parecido a estar en algún sitio donde, en ocasiones, algo tan hermoso te los llene de lágrimas.

Quién guardaba tan bien el secreto, quién me escondía ese tesoro, por qué nadie me dijo que el mundo es tan absolutamente increíble, tan inexplicablemente hermoso, tan lleno de una vida que no es toda la vida que creía.

Uno de mis lugares favoritos del mundo es Arenas de San Pedro, un pueblecito en Ávila donde vive mi madre. La razón de mi pasión son sus montañas, su frío o su calor, sus árboles, los pájaros que nos miran desde los cerezos. La naturaleza.

He abrazado monos en Malasia, he sentido miedo por la cercanía de las hienas en Senegal, he visto mariposas gigantes en Colombia y he nadado junto a peces payaso en el Caribe, he quedado enamorado con los abetos en Suiza, con los Picos de Europa, los bosques de Galicia… y creía, engañado e inocente, que ahí acababa todo, que la naturaleza eran montañas, y árboles, y unos pocos animales que te miran sin ninguna comprensión.

Había un lugar en la tierra que estaba esperando para despertarme, para enseñarme que hay algo más, para decirme que la tierra está tan viva como esa persona que se pone a correr un día y no puede contener la emoción cual Forest Gump rompiendo sus prótesis, como Chris McCandless en Alaska viendo a los caballos salvajes correr mientras llora de felicidad.

¿Era ese el motivo de mi viaje? Mark Twain dijo una vez: “Los dos días más importantes de tu vida es el día en que naces y el día en que descubres por qué”. Creo que si bien aún no lo he descubierto, al menos he rozado la idea, seguro un pensamiento fugaz ha pasado cerca de “el por qué”.

Sabía que había personas que eran capaces de hacerme llorar de felicidad, a veces, incluso me han hecho temblar, dejándome saber que estaba en el lugar, el tiempo, y la persona adecuada.

Lo que no sabía es que la naturaleza y quizás la humanidad tenía reservado ese secreto, ese tesoro, un momento de conteplación que te lleva de un estado donde no entiendes nada a otro donde por unos segundos te das cuenta que lo entiendes absolutamente todo, donde la vida, durante un brevísimo parpadeo de tiempo, cobra sentido.

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Una respuesta a “Mi experiencia en Las Islas Ballesta, en Paracas, Perú”

  1. eU dice:

    Alguna foto habría estado bien.

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