A veces pienso que debo ser una de las personas en el mundo con mayor capacidad de perder el tiempo y con menor productividad. No sé si es que tengo un déficit de atención del tamaño de la Antártida, una vaguería crónica, o simplemente que, a veces, quizás no me creo que sea capaz de terminar algo con relativo éxito y yo solito trato de boicotearme para no terminarlo.

La productividad, o mejor dicho la falta de ella, es algo que lleva atormentándome durante los últimos años, por eso cuanto más consciente soy de la tremenda importancia de usar el tiempo sabiamente, mayor es mi intento de ser más productivo.

“La vida es corta, pero una vida es suficiente si sabes cómo vivirla”, decía Mae West.

Cuando antes veía a una persona en buena forma física no me imaginaba el trabajo, la concentración y la perseverancia que había detrás. Cuando admiraba una obra de arte con infinitos detalles, ni se me pasaba por la cabeza que alguien había estado durante muchísimo tiempo con la nariz pegada a cada milímetro de esa pieza con una gran concentración. Cuando me encontraba un gran proyecto o empresa de éxito, no pensaba en la constancia y la dedicación que había escondía tras la magia de esa grandeza.

Ahora sí soy consciente, y donde quiera que haya un gran trabajo detrás, suelo darme cuenta de inmediato y mi admiración es instantánea.

Quizás precisamente por eso, por ser tan consciente de que estoy rodeado de personas que al menos en un momento de su vida consiguieron enfocarse en algo durante un determinado tiempo y terminarlo con éxito, mi frustración es mayor cuando me siento delante de un proyecto y no soy capaz de concentrarme durante más de unos minutos.

Debo poner al menos un ladrillito cada día que construya mi futuro

Puedo extender más este título: “Debo poner al menos un ladrillito cada día que me haga sentir realizado en el presente, que me haga sentir que tengo un cierto control sobre mi vida, y que a la vez construya mi futuro.”

No sé si a otras personas les pasa, aunque asumiré que no soy el único en la faz de la tierra; Antes existían muchos días en los que realmente no había producido nada, cero, y entre todas las horas que estaba sentado frente al ordenador, no había ninguna en la que hiciera nada productivo ni por mi trabajo, ni por mis relaciones, ni por mi vida en general.

Al final de esos días me sentía abatido y con una extraña sensación de vacío y tristeza. Me podía haber pasado literalmente horas mirando el Facebook, releyendo el whatsapp, visitando páginas estúpidas, leyendo mi email, borrando emails, escribiendo emails innecesarios y, en el mejor de los casos, haciendo como que trabajo en diferentes pequeñas tareas, movido sólo por los impulsos de ese mismo momento, es decir, la mayoría sin sentido y sin atisbo de ese ladrillito diario que haga un poco más solido mi futuro.

“Un día es una fotocopia en miniatura de tu vida” Sergio Fernández.

Rozando el cielo de la productividad. La sencilla manera para hacer más cosas y ser más productivo

Mi manera secreta de hacer más cosas, es hacer menos cosas. Cada día por la mañana lo primero que hago al sentarme en la silla de trabajo es coger mi cuaderno, un bolígrafo, y pensar en las tres cosas más importantes que quiero hacer ese día. Las apunto en el cuaderno sin ningún órden en particular y trato de terminarlas todas. Si no las termino en ese día, al día siguiente estarán esperándome.

Apunto todo: Incluso si se trata de reservar un billete de avión, comprar un nuevo móvil porque se me ha roto, o planear mi siguiente proyecto.

En ocasiones he tardado tres días en comprarme un móvil. Ocho horas en sacar unos billetes de avión. Tres semanas para encontrar una cámara de fotos que me haga tilín. Cuatro horas para publicar un artículo que podría tardar quince minutos. A mí me parece una barbaridad, y creo personalmente que la mayoría de nuestras compras o decisiones se podrían hacer en cuestión de un par de horas bien empleadas.

No, no quiero uno de tus maravillosos programas gratuitos o de pago para duplicar mi productividad. No quiero leerme tres libros sobre Get Things Done. Sólo quiero, al menos, poner un ladrillito cada día.

Es más sencillo de lo que parece: Lo único que hago para doblar mi productividad es, cuando me siento a la silla, escribo en una hoja las cosas que necesito hacer en ese día, e, insisto, apuntaré todo lo que tenga que hacer, ya sea algo relacionado con el trabajo, o con algo más personal como llamar para reservar el restaurante para la cena de esta noche. Una simple hoja de papel y un bolígrafo es lo que necesito, después, sólo tengo que escribir las cosas que quiero llevar a cabo ese día. La tinta azul me estará mirando desde el papel cada vez que intento mirar hacia otro lado. El peso del cuaderno sobre la mesa se me hará insoportable.

Quiero que los ladrones de tiempo me roben cuanto menos posible

Como soy consciente de mis limitaciones y que sé que para los ladrones de tiempo soy una presa fácil, trato de anticiparme a ellos y de ser disciplinado. ¿Conoces la Ley de Parkinson? Básicamente lo que quiere decir es que cuando dispones, por ejemplo, de ocho horas para realizar una tarea, emplearás todas y cada una de las ocho horas para hacerla, del mismo modo que si sólo tienes tres horas lo haras en tres, y hasta posiblemente con mayor nivel de detalle.

Teniendo esta premisa en mente, lo que hago en mis jornadas de trabajo es tratar de reducirlas hasta el mínimo exponente posible, ya que en ocho horas de trabajo tengo muchas más posibilidades de perder el tiempo que si sólo trabajo Cinco. Sé que al final de esas cinco horas la hoja del cuaderno de ese día tiene que acabar emborronada y con los “que haceres” tachados y realizados.

Al final de ese día, he tenido que poner otro ladrillito que construye mi futuro.

A veces, incluso, cuando veo que ese día estoy concentrado y que se me está dando lo suficientemente bien, comienzo a jugar conmigo mismo. Escribo por ejemplo en mi cuaderno las dos cosas más importantes que tengo que hacer antes de las once de la mañana. Me digo; Sólo tienes 3 horas para hacer esto, si no lo haces, has perdido contra ti mismo, has perdido la batalla del día, la batalla de la concentración, la batalla contra los ladrones de tiempo… Las cinco cosas que tengo que hacer antes de las dos. Las dos personas que tengo que llamar antes de veinte minutos.

¿Quieres más ejemplos?

Si por ejemplo tengo que comprar un móvil nuevo, lo que hago es agendarlo en mi cuaderno como si de una tarea muy importante se tratase, como si fuese un trabajo cualquiera y yo estuviera obligado a entregar a mi cliente ese mismo día. (¿Que por qué hago eso? Porque las maneras de perder el tiempo son infinitas y se es esconden en cualquier inocente tarea.) Me digo a mí mismo: Tienes una hora para comprar tu nuevo móvil, ni más ni menos. Así lo que ocurre es que me centro en lo importante. Comparo, analizo y compro. Voy al grano, ejecuto la tarea, y luego puedo pasar a la siguiente tarea sin problemas.

¿Tengo que publicar un artículo? Me digo a mí mismo; Tienes de tiempo para publicarlo lo que tarde en sonar esta canción.

Con estas acciones trato de ganar un día más a mi pereza, de vencerme desde dentro, de no dejar que mis tremendas ganas de una recompensa inmediata estropeen mis planes de un bienestar a medio plazo. Tacha esas malditas líneas en tu cuaderno, disfruta emborronando cada palabra que has escrito, hazle saber a esas letras que tienen los minutos contados y sigue poniendo pequeños pero sólidos ladrillos que construyan tus proyectos y tu futuro.

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