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Hace unos días salí a cenar con un buen amigo y, tras varias horas de conversación, ambos llegamos a la nada cómoda certeza de saber que tanto él como yo somos unos perfectos fraudes.

A nosotros nos costó varias horas de un cálido encuentro en un restaurante y más de treinta y tres años darnos cuenta de que prácticamente todo cuanto hacíamos en la vida era una estafa, una mentira, una falsificación, una engañifa. A partir de ese momento podríamos mirarnos a los ojos y decirnos a viva voz: Encantado, soy el señor timo.

De hecho ahora que lo pienso, las personas fraude, como nosotros, no miramos bien a los ojos como sí lo hacen las personas auténticas. Los fraude miramos sólo a media asta, miramos a los ojos en voz baja, miramos sin mirar del todo, con un solo hilillo en nuestro mirar; no miramos limpia y sosegadamente, con la fuerza e intensidad que miran las personas que son de verdad y no tienen nada que esconder. Miran a los ojos sin pensar en si están mirando demasiado fíjamente. Miran para ver y escuchar con atención y su mente está al cien por cien en lo que miran y en lo que escuchan. Yo no, yo cuando miro estoy pensando si estoy mirando bien, si estoy escuchando con la suficiente atención. Yo pienso si mi mirar es molesto o mi pose equivocada, miro pensando qué piensa la otra persona de mí y no miro con la autenticidad de quien mira sin nada que demostrar ni nada que temer. Quien mira de verdad puede observar el color de los ojos de quien mira, concentrarse en la belleza sin por ello perder un segundo el hilo de la conversación.

Yo no, yo miro como un fraude. Es doloroso pero lo asumo.

Ser lo contrario a ser un fraude es ser auténtico, así como ser lo contrario a ser auténtico es ser una falsificación, una imitación. Ser auténtico es ser uno mismo, ser tú, sea ese tú el que sea. Ser tú bajo cualquier circunstancia y no ser el tú que a otro le gustaría que fueras. Ser tú es saber quién eres y saber qué haces, ser tú es no hacer las cosas de cara a la galería, ser tú es llegar a tener la convicción de que lo que haces lo haces de corazón y no por agradar o por recibir aplausos. Ser tú es hacer ejercicio porque tú has llegado a tu conclusión de que es sano para ti y es beneficioso, no porque quieres que te miren al estar más fuerte.

Ser tú es no necesitar decir que eres vegetariano o vegano a la primera de cambio, ya que si realmente eres tú, eres vegetariano independientemente de que el mundo te mire o el mundo lo sepa o el mundo sea una mierda o el mundo no entienda nada o estén todos locos. Eres vegano veinticuatro horas al día y no esperas ni necesitas recibir un aplauso o una mirada de aprobación o una confrontación, lo eres aunque no lo digas, lo eres aunque nadie te vea, lo eres aunque la gente crea que no lo eres y, lo mejor de todo, te sientes cómodo con ello.

Ser tú

Ser tú es no necesitar mirarte al espejo quinientas veces al día como hago yo para constatar que efectivamente soy yo. Ser tú es no engañarte a ti mismo de mil maneras para no ser tú. Ser tú es escuchar atentamente a la voz que llevas dentro y decidir conscientemente si hacerle caso sin importar las consecuencias. Ser tú es decir “sí gracias, me apetece una manzana y la acepto encantado” cuando alguien con toda su buena intención te la ofrece y resulta que tú te mueres de ganas de comértela. Ser tú es no necesitar decir al mundo entero que te has ido de viaje y en cuántos países has estado. Ser tú es tener en valor de decirle lo que piensas a tu cliente o a tu jefe. Ser tú es tener jefe si así lo quieres y no tenerlo si no lo quieres. Ser tú es decir hoy me apetece quedarme en casa viendo una peli tranquilamente aunque todos os vayáis de fiesta y la noche prometa ser épica. Ser tú es no necesitar decir que ganas miles de euros o que tienes empleados o un puesto que consideras importante. Ser tú es no modificar tu tú en función de quién tienes delante. Ser tú es decir “no lo sé”. Ser tú es saber decir “no”. Ser tú es saber decir “sí”.

“He descubierto que en las discusiones nunca sirve de nada adoptar una superioridad moral sobre el oponente”. Nelson Mandela, Largo camino hacia la Libertad.

Ser un fraude

Ser un fraude es quedarte de fiesta cuatro horas más de las que realmente te apetecen por no decir simplemente que estás cansado y quieres irte a dormir. Ser un fraude es no admitir ante ti mismo que has seguido de fiesta sin realmente querer. Ser un fraude es estar leyendo un libro pensando en lo bien que va a quedar ese conocimiento puesto en la librería de tu mente y cómo de bien vas a defenderte en ese tema cuando tengas la oportunidad. Ser un fraude es escuchar la música a todo volumen en tu coche esperando que los que pasan por la calle alaben internamente tu gusto musical. Ser un fraude es ponerte una camisa para ver si ligas aunque vayas más cómodo y te sientas más tú con una camiseta. Ser un fraude es llevar tacones altos cuando los detestas y lo que realmente quieres es ir en bailarinas. Ser un fraude es decirle a alguien hoy he corrido quince kilómetros esperando ver una muestra de asombro en su cara. Ser un fraude es hacerte un selfie, publicarlo y esperar que te digan lo guapo o guapa que estás. Ser un fraude es mirar insistentemente si alguien ha dado a me gusta a lo que mostramos en internet. Ser un fraude es decirle a alguien mañana te llamo cuando sabes que ni quieres ni vas a llamar. Ser la personificación del señor fraude es agacharte a recoger un papel del suelo porque hay alguien que te está viendo recogerlo.

Joder soy un puto Fraude. Fíjate, cuando unas líneas más arriba he puesto los sinónimos de Fraude (estafa, falsificación, engañifa, etc), en realidad los he sacado de esta web de sinónimos tratando de impresionar al lector y no por aumentar mi conocimiento. Soy un fraude. Cuando escribo estas líneas estoy pensando en si te gustarán, en si recibiré una palmadita en la espalda, es si alguien me dirá: ¡Bien hecho! ¡Un gran trabajo!.

Esta manera de escribir sobre si soy o no un fraude es un vano intento de dejar de ser un fraude, un intento de que alguien me coloque la etiqueta de autenticidad. Lo asumo: Tengo prisa en dar al botón de publicar porque soy un fraude: Me creo que la gloria me espera, me doy cuenta que me quema lo que llevo dentro y quiero que salga porque no es realmente mío, no forma parte de mí, no es auténtico.

Fíjate, he puesto en negrita las palabras “joder soy un puto fraude” para conseguir que te impacte ver una palabrota en medio de un texto medianamente correcto, no las he puesto en negrita porque me ha salido natural y sin pensar y desde lo más hondo de mí y porque quería dar mayor vivacidad a mis palabras. Fíjate en cómo soy un fraude cuando releo una y otra vez mi texto para saber si está correcto y pasable y admirable. Fíjate en cómo intento gustar y ser aceptado en cada tecla que presiono del teclado.

“La mayoría de la gente son otras personas. Sus pensamientos son las opiniones de otra persona, sus vidas un mimetismo, sus pasiones una cita”. Oscar Wilde

Mientras escribo estas líneas de repente mi compañero de piso ha abierto la puerta del salón y me ha dicho buenos días, y lo primero que yo he pensando en decirle es que hoy me había despertado a las siete de la mañana, ¡mírame tengo disciplina!, que había meditado diez minutos y que me había duchado con agua fría el doble de tiempo de lo habitual, ¡sorpréndete! y que, después, había comenzado a escribir un post épico sobre las personas fraude ¡Admírame! ¡pídeme que te lo deje leer!. Quería leérselo aún cuando no estaba terminado y que me escuchara y que me alabara. No soy auténtico, parece como si nada me saliese realmente de dentro con verdadera pasión y credibilidad, como si nada saliera de mi alma como un cohete abriéndose camino hacia el exterior sin importar quién coño esta juzgando. “Como si nada saliera de mi alma como un cohete”, qué gran frase acabo de plagiar a Bukowski. ¿Sería Bukowski un fraude?

Y yo qué sé, la verdad es que no he leído nada de él y apenas he leído uno de sus poemas. Anda, mira, creo que diciendo que no sé algo y mostrando mi desconocimiento con franqueza me convierto en un poco menos fraude, aunque sea sólo un espejismo y durante unos segundos. Aunque, bien pensado, tratar de no ser un fraude mediante triquiñuelas es un completo y absoluto fraude.

¿Qué haces cuando nadie te ve?

Picasso decía que cuando pintaba perdía la noción del tiempo. Se sumergía tanto en su obra que el resto del mundo no importaba y todo a su alrededor carecía de importancia. En el mundo estaba sólo él, sus pinceles, sus tintas, su lienzo, su pintura. Picasso ahí era Picasso y,  en consecuencia, no me resulta difícil imaginarme que posiblemente Picasso era Picasso la mayor parte del tiempo.

Cuando yo trabajo todo me distrae, todo me llama, todo parece ser más importante que mi trabajo. Eso sin contarte que constantemente necesito zanahorias frente a mí que me hagan seguir en línea recta; el dinero que conseguiré, los nuevos seguidores, la notoriedad que tendré. No soy auténtico.

En aquella cena que mencionaba al principio en la que mi amigo y yo nos dimos cuenta de que ambos éramos unos señores fraude, llegamos a la curiosa conclusión que incluso meando puedes ser un fraude o ser auténtico. Mi amigo decía que se sorprendía cuando escuchaba “las meadas” de algunos amigos suyos, esas meadas que hacen un gran ruido al contacto del pis con el agua, meadas potentes que salen de dentro, meadas con personalidad y que normalmente van parejas con un tipo de personas, meadas sin vergüenza, meadas de verdad, meadas de, por y para uno mismo. Nosotros, en cambio, meamos con cuidado, no vaya a ser que molestemos con el ruido, meamos de a poquito, meamos como sin mear. No me malinterpretes; Si meáramos con cuidado pero con la completa convicción de que es lo correcto y de que no es necesario hacer tanto ruido, seríamos auténticos en nuestro mear, pero no, meamos pensando en el qué dirán, meamos diferente cuando estamos solos en casa a cuando estamos acompañados. Nuestra meada es un perfecto fraude.

¿Qué hay de genuino en ti?

¿Quién eres realmente? ¿Qué haces cuando estás solo?¿Qué hay de ti en ti? ¿Qué hay de auténtico, de verdadero, de genuino en ti? (He vuelto a buscar en google “sinónimos de verdadero” y me he encontrado con la palabra “genuino”. Una gran palabra ella, pero un gran fraude yo). ¿Qué hace que pierdas la noción del tiempo?  ¿Cuándo has realmente fluido con tu alrededor?  ¿Cuándo estás realmente conectado a la vida, con tu interior, con tu esencia? ¿Te has parado a pensar que tienes una maldita esencia en alguna parte? ¿Quién eres cuando simplemente te dedicas a ser? ¿Cuándo actúas sin pose? ¿Cuándo hablas de corazón? ¿Qué haces por ti y sólo por ti y lo harías por ti aunque fueras el único ser vivo en la tierra? ¿Qué harías hoy aunque mañana se acabara el mundo con una gran sonrisa? ¿En quién piensas y qué sientes cuando besas los labios de tu pareja? Si no estás sintiendo los labios que besas con explosiva intensidad es que tus besos son un fraude ¿Cuándo has conseguido acariciar a alguien permitiendo que tus dedos y su piel sean todo uno? ¿Cuándo has dejado de oponer resistencia, has dejado de juzgar y de analizar y has comenzado a dejarte llevar y verdaderamente sentir?

“Ella me dice que una cosa es no pensar, pero que lo que no puede hacer uno es obligarse a sentir. Sentir es algo que no se intenta. Es algo que uno tiene que permitirse” Andre Agassi en el libro, Open.

¿Has visto alguna vez a un niño ser él mismo?. Mi amigo, el de la cena fraude, también me contó que hace unos días estaba en el mostrador de la farmacia en la que trabaja cuando llegaron una madre y su hijo de unos cinco años, y mientras la madre daba vueltas por la tienda mirando productos, el niño se quedó plantado ahí de pie solo y, de repente, empezó a hacer como si toreara. Sus gestos, su mirada, sus piernas, sus brazos, la postura perfecta de su manos,  todo él estaba toreando, su mente estaba toreando, ese niño no estaba en la farmacia, su madre no estaba pendiente de él, él no tenía cinco años. Ese niño estaba en un prado verde con un capote rojo, ese niño podía oler la hierba húmeda, sentir la presión del traje de luces en su cuerpo, ver a los pájaros sobrevolar su cabeza, mirar los árboles a lo lejos, ese niño podía ver y sentir la presencia del toro de quinientos kilos frente a él, mirándole fíjamente antes de iniciar su acometida. En ese fascinante momento ese niño era él mismo y nadie más, era auténtico, no era un fraude. Los niños son expertos en ser ellos mismos hasta que los adultos les enseñamos a no serlo. Soy un fraude, esta reflexión ni siquiera es mía.

Hasta los niños son mucho más auténticos que yo.

Creo que ser auténtico tiene mucho que ver con la paz y con la tranquilidad y con la ausencia de miedo, y creo también que esas palpitaciones que tengo en el pecho en algunas noches al dormir son claros y peligrosos síntomas de fraude.

Para escribir este artículo me he inspirado en la conversación que mantuvimos mi amigo y yo en aquella cena, y en este artículo que leí de Mark Manson. Como puedes ver, hasta en el título de este artículo he sido un Fraude. Ahora, si me permites, voy corriendo a publicarlo para esperar aprobación y ese tipo de cosas. ¡Miradme, soy escritor!

No, no lo eres, eres un fraude.

Fotografía de portada de @korabelnikova

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