Voy a contarte algo realmente increíble que me pasó hace unos días.

Cuando estaba en Iquitos, aquel pueblo en mitad de la amazonia peruana al cuál sólo se puede llegar por avión o en barco remontando el río durante varios días, leí una frase en el gran libro que estoy leyendo sobre budismo que me impactó muchísimo.

Santivedra, un maestro budista del S. VIII dijo: “Toda la felicidad del mundo viene de un corazón altruista, y toda la infelicidad, del amor en sí mismo. ¿De qué sirven tantas palabras? El necio vive atado a su propio interés, y Buda se consagra al interés del prójimo. ¡Considera tú mismo la diferencia!”

Aquellas palabras, “Toda la felicidad del mundo viene de un corazón altruista”, tuvieron un gran impacto en mí, incluso el pensamiento de hacerme mi primer tatuaje con esa frase cruzó mi mente. Se lo conté a varios amigos, lo compartí con muchos recién conocidos y, lo mejor de todo, empecé a cambiar algo en mi manera de ser, o, me gustaría decir, empecé a potenciar aún más algo en mi manera de ser:

La generosidad.

Hice cosas como comprar una caja de galletas con varios paquetitos dentro, y darle uno al conductor del “tuk tuk” y otro para su hijo. Ir a tomarme un zumo de naranja y comprarle otro a la mujer que estaba detrás. Dar un póster precioso de un mono a un niño que pasaba por la calle. Darle un montón de caramelos a un niño que estaba completamente quemado. Comprar un kilo de manzanas y repartirlas a la gente que me encontraba, etc, etc, etc.

Cualquier cosa que te imagines que estaba en mi mano, lo hice, y de hecho lo sigo haciendo.

He hecho cosas así en mi vida antes, y mucho más desde que conocí a mi gran amigo Pepe, una de las personas más generosas que deben existir en este mundo y que también generosamente me enseñó sin pretenderlo las prácticas de una vida en abundancia. Pero no fue hasta después de leer esas palabras que me puse a hacerlo de una manera casi automática como hago ahora, en cada ocasión que se presenta.

Algo está cambiando. Jamás en mi vida he visto tantas sonrisas hacia mí. Es tan increíble que quería compartirlo contigo. Pero el caso es que no es esto todo lo que quería contarte hoy.

Hoy escribo estas palabras porque quiero contarte un curioso encuentro con alguien muy especial. Miles de personas acuden cada año a ese pueblo de la selva para hacer rituales y conocer a personas que supuestamente tienen un gran poder: Los chamanes.

Puedes creértelo o puedes pensar que todo es una gran mentira, no importa porque no cambiará lo que a mí me ocurrió:

Mi encuentro con el viejo chamán

En Iquitos tuve la suerte de conocer a una emprendedora vasca que trabaja con comunidades indígenas elaborando productos naturales (¡Hola Irma!).

Una tarde, mientras yo me encontraba trabajando en el malecón, nos vimos por casualidad y ella me dijo que le acaban de invitar a presenciar algo único: Un encuentro con un Chamán famoso. Inmediatamente le dije que por favor me invitara, y unos minutos después estábamos subidos en un todoterreno de camino hacia alguna casa cualquiera.

Llegamos y pacientemente esperé mi turno.

Al poco tiempo me di cuenta de que el encuentro con el Chamán consistía en una sesión personal donde podías preguntarle lo que quisieras. La mujer francesa que entró antes que yo, salió con los ojos llenos de lágrimas, visiblemente conmovida y aparentemente desubicada. Me dio un papel y un boli y me dijo que era mi turno.

A continuación vas a leer algo que posiblemente no lo creas y/o te suene ridículo, no importa.

Entré a una minúscula habitación, y en la bonita oscuridad que da la luz de unas velas, se encontraba un hombre de unos cincuenta años con los ojos cerrados, oscilando ligeramente la cabeza y sosteniendo un cigarro de tabaco de liar absurdamente grande.
Al sentarme me dijo que qué quería saber y, aunque llevaba pensando en qué pregunta hacerle desde que Irma me dijo en qué consistía el encuentro, me quedé en blanco y le dije que sólo estaba ahí por curiosidad. Está bien, me dijo. Cierra los ojos.

Él tomó primero una de mis manos y palpó algunas venas cuidadosamente, luego hizo lo mismo con la otra mano. Acto seguido bebió un líquido de una botella y (sí, en serio) lo escupió sobre mi cara. Tras unos ruidos con su boca sacados de una película de exorcismos y después de pasarse el humo del cigarro por su cabeza, me dijo que tenía bloqueado algo en el pecho que me impedía ser yo completamente. Luego me recomendó tomar ajo macho en ayunas en la mañana durante siete días.

Genial, pensé yo, vaya un cantamañanas, esto es como cuando lees en el periódico aquella curiosa sección que dice algo así como: “Virgo, hoy tendrás un buen día, verás que esos problemas que tienes los solucionarás sacando lo mejor de ti”.

Y mientras mi mente estaba ya en otra parte, el Chamán me dijo…

¿Quieres hacerme alguna pregunta ahora?

Aquí hemos venido a jugar, pensé yo. Así que esta fue la pregunta que le hice:

¿Qué es para ti la felicidad?

Y, de entre las miles de respuestas que me pudo haber dado, de todas las millones de definiciones personales que cada persona entiende por felicidad, el Chamán, con los ojos cerrados, respondió inmediatamente y sin casi pensarlo: “La felicidad es enseñar al que no sabe, y dar al que no tiene”. El chamán me recitó la misma frase que yo había leído en el libro unas semanas atrás y que retumbaba en mí cada segundo.

Ahora es tu turno, ¿Qué es para ti la felicidad? Verás como se te ocurren cientos de respuestas diferentes.

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* Foto de portada: Hector y la búsqueda de la felicidad, mi película favorita.